jueves, 13 de marzo de 2014

Conversión de María Vallejo-Nágera

Nº 5, sección dirigida por Irene Martínez, profesora

(Con la colaboración de Ana Laura Campos)

Mi vida cambió radicalmente el 9 de mayo de 1999, cuando realicé un viaje a un pueblecito perdido entre las montañas de Bosnia-Herzegovina. Yo  entonces vivía en Londres, ya llevaba muchos años casada y mi marido trabajaba ahí, por eso nos tuvimos que ir, y conocí a muchos amigos anglicanos. Estos amigos anglicanos fueron los primeros que me hablaron de este pueblecito de Medjugorje. A mí me sorprendieron mucho sus comentarios porque, primero eran anglicanos, ellos no tienen devoción a la Santísima Virgen María, y yo era incrédula. Había escrito sólo una novela que estuvo a punto de ganar el Premio Planeta de ese año, del 99, y había sido tremendamente crítica con la iglesia, en ella me burlaba de los sacerdotes, me burlaba de la Iglesia en general, de mi fe, porque no tenía fe, era una mujer tibia y no entendía a Dios. Pero bueno, me dejé convencer por estas amigas anglicanas, que llevaban ya varios viajes a Medjugorje y ahí aparecí. Recuerdo que mi primer día en Medjugorje fue aburrido: no sabía orar, me aburría el rosario, en la iglesia estuve enredando, haciendo fotos, de una manera quizá un poco maleducada, sin respetar a los sacerdotes. Pensaba todo el tiempo durante esa Misa que qué hacía yo allí, que tendría que estar en Londres sin perder tanto el tiempo. Sin embargo Dios ya tenía preparada para mí una gran sorpresa justo ese primer día de estancia en Medjugorje. Y fue al salir de la iglesia, al finalizar la misa. Nos avisaron que detrás de la iglesia había un centro grande de conferencias donde uno de los videntes, en este caso fue el vidente Jakov, el más joven de los 6 videntes, iba a dar su testimonio de fe, nos iba a contar cómo veía a la Santísima Virgen, en fin, toda su experiencia y eso si me atrajo, como mujer la curiosidad ahí me pillo. 


Recuerdo perfectamente que andábamos detrás de la iglesia entre el muro exterior de la iglesia y las larguísimas ristras de confesionarios, el día era caluroso, era un día primaveral, no había lluvia, no había nubes, había un sol precioso, y sin saber cómo ni por qué, necesité mirar hacia el cielo, recuerdo que estaba haciendo chistes e iba hablando con mis amigos de cosas de todo tipo menos de religión. Y en ese momento que miré para arriba perdí la conciencia del espacio, perdí de vista a mis amigos, no los terminé de perder de vista pero se pararon, era como si el espacio y el tiempo se hubieran parado durante tres segundos. Y en esos tres segundos noté un inmenso amor de Dios, no puedo explicarlo de otra manera noté como que un rocío de amor me caía encima y se me clavaba con una fuerza tremenda en el corazón, yo nunca me había sentido tan amada, es cierto que soy una mujer muy enamorada de mi familia, de mi marido, pero el amor que yo noté en el corazón era algo que nunca en mi vida había sentido antes, ni siquiera sabía que podía existir. Y noté que era el amor de Dios. Y en palabras o en sentimientos, porque tampoco lo puedo explicar, en el corazón, Dios me dijo que así era como me amaba y que así era como amaba a cada persona que existía en la tierra. 

La experiencia cesó en ese momento, recuerden, les he dicho que eran tres segundos de experiencia, después de esa mini-experiencia y gran experiencia a la vez, yo sentí una gran vergüenza, un gran entendimiento de que nunca había respondido al amor de Dios aun habiendo pertenecido a una  familia católica que había intentado enseñarme todo lo que ellos sabían de Dios y de la Religión Católica, había acudido a colegios católicos y nunca me había interesado ni la presencia de Dios ni lo que era la Eucaristía, nunca. Sentí una gran vergüenza y quise huir de mí misma, sentí ganas de gritar de dolor con un gran arrepentimiento, pero disimulé y llegamos a la conferencia de Jakov. Fue en la conferencia de Jakov donde ya rompí a llorar analizando no sólo las palabras de Jakov que fueron bellísimas  y que en el primer momento noté que era un muchacho que no mentía, que transmitía lo que realmente sentía y vivía, sino también mezclaba mis lágrimas con la experiencia que me acababa de suceder. Tardé seis meses largos sin contar esta experiencia a mi director espiritual, que fue el sacerdote que nos  acompañó en esa primera peregrinación a Medjugorje. A él se lo conté con mucha vergüenza con temor de haberme vuelto loca, y nunca olvidaré las palabras de mi director espiritual, de este sacerdote maravilloso irlandés que me dijo: “No te has vuelto loca, lo que has tenido es una conversión, y Medjugorje es  el pulmón del mundo de las conversiones, y lo que te ha pasado a ti me lo han contado miles y miles y miles de jóvenes”. 


Desde el momento de esa conversión, de ese momento mágico en mi vida y sobrenatural y maravilloso que Dios entró, mi corazón, mi vida cambió radicalmente porque me enamoré de la Misa, fue una atracción, como un enamoramiento muy fuerte muy profundo, yo no sabía porque no entendía la Misa, no sabía lo que era el sacramento de la Eucaristía y sin embargo mis pies me empujaban todos los días en Londres a buscar una iglesia católica para orar un ratito. Cuando yo comencé a entender la Misa en mi corazón brotó una necesidad tremenda de otro sacramento, el de la Confesión. Y digamos que estos han sido los dos regalos básicos que yo recibí en esa primera peregrinación en Medjugorje. La Confesión y la Eucaristía ahora van muy unidas y son los pilares que me han llevado a crecer durante estos diez años hacia Dios. También desde el momento de mi conversión he notado que llegar a ser santo es algo extraordinariamente difícil, he tropezado millones de veces en estos 9 o 10 años de conversión, he acudido siempre a las fuentes que han sido sacerdotes, ellos me han enseñado todo, y por supuesto acudo todos los días a Misa que es donde yo recibo la píldora, la medicina, la fuerza, la luz, el amor para seguir creciendo. El camino es arduo, el camino no es fácil para los cristianos, no es fácil para los católicos, pero Dios está ahí y aunque todas las puertas se han estrechado en un segundo, Él me pone así de lado, para meterme por ellas y llegar a él. Desde aquí solo puedo decir a todos los jóvenes del mundo que quieran ir a Medjugorje, que no tengan miedo, como decía el Papa Juan Pablo II, que ahí hay una espiritualidad muy fuerte y que hay que encontrar el amor de Dios en lugares santos para poder entender mejor y crecer hacia la santidad.