sábado, 14 de diciembre de 2013

Los hermanos de Fontaines

¿Por qué yo no? nº 1, por Dámaris Mora

La familia que alcanzó a Cristo

- ¡Nivardo, ven aquí!
Corrían los primeros días de marzo de 1112, y Nivardo, el benjamín de la familia de Fontaines, descubrió a...
...sus cuatro hermanos, Guy, Bernando, Bartolomé y Andrés, haciéndole señas para que se acercara. Él trepó por la ladera a toda velocidad. Desde oc­tubre no veía a sus hermanos, y estaba impaciente por abrazarlos. Cuando llegó hasta ellos, se arrojó en brazos de su hermano mayor, exclamando:

- ¡Oh Guy! ¿Habéis vuelto a casa para quedaros? ¡Qué triste estaba todo sin vosotros!

- Según parece, he vuelto para que me mates- contes­tó Guy, riendo-. ¡No pareces darte cuenta de que ya no eres un niño!

- Perdóname, hermano. ¿Te he hecho daño?

- No, hombre, no, ni mucho menos. Pero ten cuidado en lo sucesivo. Estás creciendo mucho. Y ahora te voy a dar una buena noticia.

- ¿Una buena noticia? ¿Que os vais a quedar en casa? -preguntó, ansioso, el chiquillo con el rostro radiante de alegría.

- No. Algo mucho más importante que eso.

- ¿Que vais a organizar una justa?

- ¡Más importante todavía!

Nivardo rodeó a Andrés por la cintura, y, sonriéndole, le preguntó:
- ¿Qué es, Andrés? ¿Cuál es la gran noticia? ¡Haz que me la diga!

- Está bien- repuso Guy-. Ven aquí entonces, Ni­vardo.

Y se dirigió con él a unos veinte pasos de la puerta.
- ¿Ves ese magnífico castillo?- preguntó Guy, extendien­do su brazo derecho hacia las sólidas murallas y erguidas torres.

- Sí- murmuró Nivardo.

- Bueno, pues un día será tuyo, completamente tuyo. Piedra por piedra, desde sus oscuros y profundos cimientos hasta lo más alto de esa torre.

Giró en redondo, extendió ambos brazos y con amplio gesto prosiguió:
- ¡Fíjate en esas tierras! ... Todo cuanto abarca la vista, valle abajo, cuesta arriba y hasta esos bosques y cuanto se abarca al Norte: viñedos, frutales, praderas... ¿Verdad que es hermosísimo?

- Sí...- respondió Nivardo, desabrido.

- Pues también todo eso será tuyo algún día. Porque tú, hermanito mío, ¡serás el señor de Fontaines! Bernardo, Bartolomé, Andrés y yo salimos hoy mismo para Citeaux. Gerardo no tardará en seguirnos. Te lo dejamos todo a ti... ¿Qué te parece la noticia?

La boca del chiquillo se abrió un poco formando una O perfecta. Sus ojos buscaron el rostro sonriente de Guy. Después dirigió una mirada rápida a Bernardo, a Bartolo­mé y a Andrés. Nivardo volvió a mirar a Guy, y dijo al fin:
- Con el castillo, ¿eh?

Con la mano izquierda señaló hacia atrás las murallas y las torres que se hallaban a su espalda:
- Y todas estas tierras, ¿eh?

Su mano derecha señalaba ahora el valle a sus pies: - Conque todo eso será mío porque os marcháis a Citeaux, ¿verdad?

- Así es- contestó Guy con entusiasmo-. ¿No te parece estupendo?

-¿Estupendo?- preguntó Nivardo con el labio inferior tembloroso-. ¿Estupendo?-repitió-. Y ¿qué es lo que tie­ne de estupendo? Escogéis el cielo y me dejáis la tierra. No encuentro en eso nada estupendo. ¡Ni siquiera es justo!... ¡No lo quiero!

Y separándose de sus hermanos, echó a correr hacia la puerta del castillo, que parecía temblar a través de sus lágrimas.

Guy y Andrés iban a echar a correr tras él; pero Ber­nardo les contuvo:
- No, Guy, ¡no vayas! ¡Déjale, Andrés! Dejadle ir. Lo mejor será no despedirnos de él. Le desgarraríamos el co­razón al pobre chico.

Los cuatro hermanos dirigieron una última y pro­longada mirada al castillo donde nacieron y crecieron. Fontaines había sido su hogar y en él quedaban sus seres más queridos. Lo contemplaron en silencio hasta que le volvieron la espalda, bajaron resueltamente la ladera y se adentraron en el bosque sin volver la cabeza una sola vez. Fue su adiós a Fontaines…

La huida y lágrimas de Nivardo hicieron cabalgar en silencio du­rante un buen trecho a los cuatro hermanos.

Una vez en el bosque, habló Andrés:
- ¿Habéis oído lo que ha dicho el pequeño? "Habéis escogido el cielo y me dejáis la tierra. No la Quiero. No es justo."

Todos se echaron a reír ante su perfecta imitación de los pucheros del niño, y Guy exclamó:
- El pequeño es el más listo de la familia.

Si en aquel momento hubieran podido verle, no les ha­bría inspirado risa, porque el muchacho había atravesado el patio corriendo, y, precipitándose escaleras arriba, se metió en su aposento, sollozando ruidosamente:
- ¿Quién quiere este viejo castillo y sus tierras? ¡Yo no lo quiero! ¡No lo quiero!... ¡Yo quiero a mis hermanos!

Cuando la primera y terrible angustia hubo pasado y las saladas lágrimas dejaron de correr por sus mejillas, se frotó los ojos, murmurando:
- No es justo, no es justo.

De pronto se detuvo, cerró sus puños, y mirando a través de sus pestañas empapadas, exclamó:
-¡Ya sé lo que voy a hacer!... ¡Me iré con ellos! Yo también seré monje. ¡No quiero ser un viejo señor!...

(Adaptación de RAYMOND, P. La familia que alcanzó a Cristo.)

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