¿Por qué yo no? nº 1, por Dámaris Mora
La familia que alcanzó a Cristo
- ¡Nivardo, ven aquí!
Corrían los primeros días de marzo de 1112, y Nivardo, el benjamín de la familia de Fontaines, descubrió a...
...sus cuatro hermanos, Guy, Bernando, Bartolomé y Andrés, haciéndole señas para que se acercara. Él trepó por la ladera a toda velocidad. Desde octubre no veía a sus hermanos, y estaba impaciente por abrazarlos. Cuando llegó hasta ellos, se arrojó en brazos de su hermano mayor, exclamando:
- ¡Oh Guy! ¿Habéis vuelto a casa para quedaros? ¡Qué triste estaba todo sin vosotros!
- Según parece, he vuelto para que me mates- contestó Guy, riendo-. ¡No pareces darte cuenta de que ya no eres un niño!
- Perdóname, hermano. ¿Te he hecho daño?
- No, hombre, no, ni mucho menos. Pero ten cuidado en lo sucesivo. Estás creciendo mucho. Y ahora te voy a dar una buena noticia.
- ¿Una buena noticia? ¿Que os vais a quedar en casa? -preguntó, ansioso, el chiquillo con el rostro radiante de alegría.
- No. Algo mucho más importante que eso.
- ¿Que vais a organizar una justa?
- ¡Más importante todavía!
Nivardo rodeó a Andrés por la cintura, y, sonriéndole, le preguntó:
- ¿Qué es, Andrés? ¿Cuál es la gran noticia? ¡Haz que me la diga!
- Está bien- repuso Guy-. Ven aquí entonces, Nivardo.
Y se dirigió con él a unos veinte pasos de la puerta.
- ¿Ves ese magnífico castillo?- preguntó Guy, extendiendo su brazo derecho hacia las sólidas murallas y erguidas torres.
- Sí- murmuró Nivardo.
- Bueno, pues un día será tuyo, completamente tuyo. Piedra por piedra, desde sus oscuros y profundos cimientos hasta lo más alto de esa torre.
Giró en redondo, extendió ambos brazos y con amplio gesto prosiguió:
- ¡Fíjate en esas tierras! ... Todo cuanto abarca la vista, valle abajo, cuesta arriba y hasta esos bosques y cuanto se abarca al Norte: viñedos, frutales, praderas... ¿Verdad que es hermosísimo?
- Sí...- respondió Nivardo, desabrido.
- Pues también todo eso será tuyo algún día. Porque tú, hermanito mío, ¡serás el señor de Fontaines! Bernardo, Bartolomé, Andrés y yo salimos hoy mismo para Citeaux. Gerardo no tardará en seguirnos. Te lo dejamos todo a ti... ¿Qué te parece la noticia?
La boca del chiquillo se abrió un poco formando una O perfecta. Sus ojos buscaron el rostro sonriente de Guy. Después dirigió una mirada rápida a Bernardo, a Bartolomé y a Andrés. Nivardo volvió a mirar a Guy, y dijo al fin:
- Con el castillo, ¿eh?
Con la mano izquierda señaló hacia atrás las murallas y las torres que se hallaban a su espalda:
- Y todas estas tierras, ¿eh?
Su mano derecha señalaba ahora el valle a sus pies: - Conque todo eso será mío porque os marcháis a Citeaux, ¿verdad?
- Así es- contestó Guy con entusiasmo-. ¿No te parece estupendo?
-¿Estupendo?- preguntó Nivardo con el labio inferior tembloroso-. ¿Estupendo?-repitió-. Y ¿qué es lo que tiene de estupendo? Escogéis el cielo y me dejáis la tierra. No encuentro en eso nada estupendo. ¡Ni siquiera es justo!... ¡No lo quiero!
Y separándose de sus hermanos, echó a correr hacia la puerta del castillo, que parecía temblar a través de sus lágrimas.
Guy y Andrés iban a echar a correr tras él; pero Bernardo les contuvo:
- No, Guy, ¡no vayas! ¡Déjale, Andrés! Dejadle ir. Lo mejor será no despedirnos de él. Le desgarraríamos el corazón al pobre chico.
Los cuatro hermanos dirigieron una última y prolongada mirada al castillo donde nacieron y crecieron. Fontaines había sido su hogar y en él quedaban sus seres más queridos. Lo contemplaron en silencio hasta que le volvieron la espalda, bajaron resueltamente la ladera y se adentraron en el bosque sin volver la cabeza una sola vez. Fue su adiós a Fontaines…
La huida y lágrimas de Nivardo hicieron cabalgar en silencio durante un buen trecho a los cuatro hermanos.
Una vez en el bosque, habló Andrés:
- ¿Habéis oído lo que ha dicho el pequeño? "Habéis escogido el cielo y me dejáis la tierra. No la Quiero. No es justo."
Todos se echaron a reír ante su perfecta imitación de los pucheros del niño, y Guy exclamó:
- El pequeño es el más listo de la familia.
Si en aquel momento hubieran podido verle, no les habría inspirado risa, porque el muchacho había atravesado el patio corriendo, y, precipitándose escaleras arriba, se metió en su aposento, sollozando ruidosamente:
- ¿Quién quiere este viejo castillo y sus tierras? ¡Yo no lo quiero! ¡No lo quiero!... ¡Yo quiero a mis hermanos!
- ¿Quién quiere este viejo castillo y sus tierras? ¡Yo no lo quiero! ¡No lo quiero!... ¡Yo quiero a mis hermanos!
Cuando la primera y terrible angustia hubo pasado y las saladas lágrimas dejaron de correr por sus mejillas, se frotó los ojos, murmurando:
- No es justo, no es justo.
De pronto se detuvo, cerró sus puños, y mirando a través de sus pestañas empapadas, exclamó:
-¡Ya sé lo que voy a hacer!... ¡Me iré con ellos! Yo también seré monje. ¡No quiero ser un viejo señor!...
(Adaptación de RAYMOND, P. La familia que alcanzó a Cristo.)


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